En Jerez es común escuchar los términos “bodegas familiares”, “empresa de familia”, o una marca propiedad de la “otra parte de la familia”. Pareciera que todo lo referente a vinos proviene de largos linajes familiares que se remontan a siglos atrás.

Las etiquetas más consagradas llevan uno o dos apellidos de los fundadores o propietarios, y muchos de ellos han desarrollado una cultura de apego de otras familias: linajes en la producción, distribución y consumo de los vinos del Marco de Jerez. Con ese marco referencial vivimos en España, pero como mexicanos ¿qué os viene a la mente cuando escuchan la palabra Domecq?

Reflexionen un poco y seguramente dirán lo mismo que los mexicanos a los que hice esta pregunta: esa marca es una forma de explicar una buena parte de la historia vinícola del último siglo mexicano, pero también de la industria del marketing y las formas de consumo nacionales.

Mientras que en España hoy la reconocemos como una empresa familiar de trascendencia global con una fuerte estrategia de diversificación, en México parece haberse extinguido tras diversos procesos de compra-venta que lo hicieron desatender su lugar como empresa líder en la producción vinícola, de brandys y jugos de uva.

Conozco el mercado enológico mexicano y admiro la calidad de sus nuevos vinos, el esfuerzo con el que están producidos, y el gran empuje de la industria gracias a enólogos y empresas que han apostado por hablar de cara al mundo.

Pero no me negareis que en la mente de una buena parte de la población existe el recuerdo de los XA, los Calafia, las versiones tinta y blanca de Château, o el polémico y vapuleado Padre Kino que a decir de muchos fue uno de los primeros vinos que probaron en su vida.

Esta rendija al imaginario colectivo de generaciones de mexicanos quedaría incompleta sin los brandys Presidente y Don Pedro que plagaron los años 70, 80 y 90 con spots televisivos hoy considerados míticos por agencias de marketing, y que a la luz de las prohibiciones para publicitarse son casi obras de culto provenientes de un mundo distinto y distante al que vivimos.

Pero es así, lo que en España parece otra industria familiar en otros lugares son iconos que marcaron el inconsciente a través de frases, códigos, imágenes que hoy son parte de la cultura de lo kitsch, retro o atemporal.

Y es que la relación entre México y España tiene 500 años pero parece que se renueva cada año: con productos, marcas, iconos viejos que reviven o imágenes nuevas que se vuelven iconos, y todo bañado por un mundo hiperconectado por las redes sociales que se mueve tan rápido que a veces no permite terminarnos una copa cuando nos ponen en frente la segunda.

Con esa velocidad las marcas tienen que hacerse de nuevas estrategias para dejar huella, para crear recuerdos a largo plazo y formar parte de su expresión cultural. Porque los hitos duran menos y la memoria es cada vez más corta, el mundo de los vinos es como la vida misma: renovarse o morir, pero jamás ver la vida pasar.

Ruth Amaya

20 años de experiencia en la gastronomía. Considerada una de las 20 mejores blogueras de vinos de Jerez en el mundo con mi proyecto #sherryMX Encuéntrame en www.ruthamaya.com

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