Cualquiera puede localizar geográficamente a esta bonita población del sur de España; pero Jerez es mucho más que una ciudad, en realidad es cuna de artistas que manejan con maestría el cante, el baile y la poesía. Pero en mi caso pongo especial atención a unos artistas que durante más de tres mil años han sabido crear al menos 10 tipos de vinos diferentes basándose en solo en tres uvas endémicas (Palomino, Moscatel y Pedro Ximenez); y me refiero a la cuna de los mundialmente famosos sherry, esos vinos que con entusiasmo defendió Shakespeare y que a fuerza de constancia hoy encabezan una revolución enológica junto a otras bebidas consagradas como el cava o el mezcal. Y es el marco de Jerez –triangulo privilegiado El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y el mismísimo Jerez- una región privilegiada en donde los factores geográficos, climáticos, la influencia del mar con de sus dos importantes vientos, y sin duda la mano de esos bodegueros -artesanos y artistas milenarios- que crean estas obras de arte vitivinícolas cada vez más comprendidas y apreciadas por el mundo entero.

Cuando caminas por Jerez te encuentras con una Denominación de Origen en toda la extensión de la palabra capaz de ofrecer un vino para cada plato servido, desde una entrada fría hasta el postre, para abrir boca desde un fino o manzanilla hasta cerrar con la joya de cualquier corona: el afamado Pedro Ximenez y su espectacular revelación de notas a frutas pasificadas que por sí mismo se transforman en final de cualquier experiencia gastronómica precedida por otros cinco o seis vinos de la zona.

A partir de la intención por comprender mi territorio andaluz -que me ha servido para exaltar mi alma sureña- encontré en mi camino una historia del otro lado del mundo: la cocina mexicana que con su diversidad y riqueza puedo comparar con la complejidad de mis vinos de jerez. Por eso, mi proyecto #sherryMX dispone la diversidad de expresiones enológicas de Jerez paraacompañar o completar los bocados de mexicanidad comestible que guardan una simbiosis única, como si se conocieran de tiempo atrás, de casi 500 años de historia de intercambios de ida y vuelta.

Es que mis sherry son tan seguros de sí mismos que pueden convertirse en discurso gastronómico completo: se comienza y termina una comida sin salir de ellos, sin moverse de una sola región pero encontrando diferencias como si se tratase de países diferentes. Sencillamente son un privilegio aceptado.

Y permítanme que en este encuentro con el sur de mi alma comparta con ustedes mi abanico de colores jerezanos, que después de tantos años de cuidado artesanal pongo a su disposición para el disfrute de su también milenaria gastronomía.

Porque en mi sangre hay sal y vinos de Jerez que me hacen ser y sentir orgullo de pertenencia, que me obligan a transmitir y compartir al mundo entero, que hacen invitarlos para seguir pensando, bebiendo y soñando en arte de color jerezano. Hoy #sherryMX es mi barco y ya llegamos a las costas mexicanas, bienvenidos a una nueva era de simbiosis española y mexicana.

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El abanico de colores de los vinos de Jerez es demostrativo que en esta ciudad española se sabe, prueba, vive, sueña y hace vinos. Jerez es un estilo de vivir.

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